22 - 08 - 2014

Atapuerca

El descubrimiento de la mandíbula del Hombre de Atapuerca


Mis dos mandíbulas de Atapuerca

Al Viejo Oso Gruñón y a todos mis compañeros del 76 

En 1976 yo tenía 16 años. Franco acababa de morir y las vacaciones familiares en Burgos eran una buena ocasión para olvidar las emociones del año. Yo acababa de terminar COU en el instituto Cardenal Cisneros de Madrid, cerca de la Plaza de España, escenario de las protestas estudiantiles y de los trabajadores contra el gobierno de D. Adolfo Suárez. Tiempos de cambio, carreras por las calles delante de "Los Grises" , tiempos apasionantes, tiempos que desembocaron en nuestro actual estado democrático,  aunque sólo sea porque quien escribe esta pequeña historia contaba con 25 años menos,  parece que esos tiempos fueron mejores.

El caso es que D. Trinidad José de Torres Pérez Hidalgo, a partir de aquí Trino, nuestro protagonista , "un viejo oso gruñón" como él mismo se autodenomina, se encontraba  en busca del eslabón perdido de su extraña rama evolutiva, pues la condición genética de un espécimen del género humano con espíritu de oso resultaba un problema científico apasionante para una mente inquieta y positivista como la suya. Así que Trino, con su espíritu científico y altruista decidió invertir su patrimonio personal en la financiación de una expedición científica en busca de restos fósiles de oso. ¿Dónde buscar esos especímenes?; nuestro buscador de osos sabía de la existencia de restos en la zona de Atapuerca  por los fósiles poco documentados que había contemplado en el Instituto de Paleontología de Sabadell.

En aras de hacer notar la inquebrantable fe en su proyecto, es de justicia dejar constancia de que Trino, junto con Maite Salazar, su esposa desde hacia pocos meses, arqueóloga y colaboradora, decidieron invertir los recursos económicos disponibles para las vacaciones del 76 en organizar una excavación en Atapuerca. Sospecho que  con los medios que emplearon en la expedición, les hubiera alcanzado para unas lujosísimas  vacaciones en cualquier otro lugar de mayor atractivo turístico.  Así que Trino buscó entre su círculo personal y familiar de relaciones colaboradores dispuestos a trabajar  durante el mes de Agosto en su ambicioso proyecto.

Debido a las obligaciones académicas del personal reclutado entre la población estudiantil con ganas de iniciarse en la Paleontología, sospecho que los suspensos habían sido ampliamente repartidos ese año,  la expedición de Trino a Atapuerca se quedó escasa de fuerzas durante al segunda mitad de Agosto, dado que muchos de los esforzados aprendices del buscador de osos tenían algunas asignaturas pendientes para los exámenes de septiembre. Esa falta de mano de obra hizo que nuestro buscador de osos  solicitara voluntarios al Grupo Espeleológico Edelweiss para colaborar en su expedición. Esta circunstancia fue la que hizo que el escritor de este relato se incorporara a la expedición del "viejo oso gruñón". La obtención de la bendición paterna fue fácil, pues mi padre tenía una gran vocación nunca completamente realizada de investigador de las ciencias del pasado.

La expedición paleontológica se hallaba albergada en "Los Tomillares", instalación deportiva desgraciadamente hoy desaparecida, y de la que ha heredado el nombre la actual urbanización que se encuentra a la altura de lo que los de Burgos llaman "Cuarteles de Ibeas", situados a un par de kilómetros de los yacimientos de Atapuerca. En "Los Tomillares", el equipo disponía de una gran tienda de campaña cedida por el Ejército y que, equipada con cómodas literas, servía de dormitorio a los componentes de la excavación; dormitorio donde no había distinción de sexos, aspecto éste acorde con los tiempos de apertura que se vivían.

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En mi primer día de excavación me proporcionaron un equipamiento de trabajo consistente en un martillo, un escoplo, un hoja de papel para el registro de la excavación y unas instrucciones sobre el empleo de las coordenadas cartesianas tri-dimensionales aplicadas a la paleontología. Armado con dichas herramientas fui destinado a lo que después supe  llamaban una "cuadrícula de castigo": una cuadrícula estéril pero que requería el empleo enérgico de escoplo y martillo y que, además, tenía la ventaja de estar sometida al sol burgalés de mediados de agosto, con lo que el bronceado adquirido al cabo de una jornada de trabajo era comparable al que otras ingenuas gentes adquirían al cabo de largas y costosísimas estancias en las playas de moda.

Aguanté estoicamente mi trabajo comprendiendo que eso de la paleontología era cosa de espíritus trabajadores y sufridos, y a la hora de comer recibí una recompensa inesperada: Maite, aparte de ser arqueóloga , había preparado un cocido madrileño de esos que hacen historia. Nunca se han visto cocidos madrileños en Atapuerca, 35 grados Celsius a la sombra, tan nutritivos, sabrosos, reconfortantes y hasta refrescantes como los que Maite preparaba. Poco después descubrí que su ciencia culinaria se basaba en el conocido libro de Simone Ortega titulado "1080  recetas de cocina". A pesar de que los años han ido haciéndome comprender que el mencionado libro no vale gran cosa, he de decir que nuestra arqueóloga-cocinera hacía una brillante interpretación de las discutibles recetas de Simone Ortega. Además, como ya comenté, Maite era un "recién casada" que de repente se vio con la responsabilidad de alimentar a una amplia familia, jauría, de excavadores hambrientos.

Tras el inolvidable cocido, y antes mis muestras de ardor excavador, fui relevado de la estéril cuadrícula bronceadora y destinado a una cuadrícula menos dañina para una piel sensible como la mía, cuadrícula radicada en lo que creo que hoy se llama Tres Simas y que, además, me hizo estrenar mi hasta entonces virgen hoja de registro pues allí encontré bautismo paleontológico, al descubrir lo que yo creí un fémur de Astracán Enano Ataporquense y que al final resultó ser un metatarsiano de Oso artrósico  de Ibeas.

Al final de la jornada, un novato como yo imaginaba una relajada vida en los Tomillares, pero la realidad era que existía una noble tarea a la que fui graciosamente destinado, llamada "levigación", y que consistía en el lavado con agua y ácido acético de una muestra de las tierras duramente arrancadas con escoplo en busca de restos de microfauna, restos de aceituna, espinas de boquerón, rótulas de ardilla, huesos del aparato auditivo de los roedores de hace 70.000 años y cosas similares. Eso sí, al final del trabajo resultaba muy reconfortante un buen baño en la piscina o en las aguas del río Arlanzón.

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Aparte de la mencionada gigantesca y asexuada tienda de campaña cedida por el ejército, la sede social  del equipo radicaba en los vestuarios del complejo turístico Los Tomillares. Cada miembro del equipo contaba con ducha propia y hasta taza de WC propia pues las instalaciones tenían un amplio "lobby" donde cenábamos confortablemente y a derecha e izquierda unos largos pasillos dotados de gran número de duchas y de WCs.

La vida siguió su apasionante curso durante unos cuantos días, excavación en Tres Simas y Gran Dolina, comida exquisita, lavado de tierras, baño, preparación de cenas, cena, fregoteo de cacharros de cena, clasificación de hallazgos, limpieza de huesos, y empaquetado de dientes de oso. Durante las tareas técnicas y sobre todo después de cenar , nuestro Oso Gruñón nos instruía sobre temas tales como: buenas prácticas del perfecto excavador,  dentición de los osos, las enfermedades degenerativas en dicha especie, la morfología de una maravillosa mandíbula de la hiena recién encontrada , la información obtenida de la microfauna ... Lo mejor de todo eran las dotes didácticas de Trino y sobre todo la pasión que ponía sobre la importancia de las ideas que trataba de transmitirnos. Transcurridos unos cuantos días y tras dedicar la mayor parte de la campaña al estudio de los yacimientos de la Trinchera de Atapuerca, se decidió, supongo que Trino decidió, destacar un equipo a la Sima de los Huesos donde se sabía a ciencia cierta, por referencias del GEE, y por los collares adornados de colmillos de oso que lucían algunos macarras de Burgos,  que había numerosos restos de oso de las cavernas.

Yo, como espeleólogo miembro de G.E. Edelweiss,  quedé encantado con dicha decisión, a los espeleólogos nos gusta mucho más la oscuridad que el sol de agosto, así que cuando el patrón decidió destacarnos a Carolo (Carlos Puch, arqueólogo), Rafael Cobo (geólogo) , Ángel Salazar (principiante adelantado según recuerdo) y a mí mismo, (para llevar el botijo)  me sentí feliz.

Dentro de la cueva, el jefe, por su experiencia,  era Carolo y organizó el equipo en dos parejas, él mismo y Rafael  en el yacimiento del fondo de la sima, Angel  y yo en la boca de la pequeña sima. Carolo aparte de ser arqueólogo, es  un buen espeleólogo y organizó una instalación de subida de los materiales desde el fondo de la sima de los huesos hasta su boca basada en una polea y en unos anclajes de seguridad para proteger a los que izábamos los petates en los que íbamos extrayendo el revoltijo de arcilla y huesos  de que se componía el yacimiento, tras las visitas de los mencionados macarras fabricantes de collares de colmillos de oso.

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La técnica utilizada era simple: Carolo y Rafa empaquetaban todos los huesos que veían, no era cuestión de estudiar la estratigrafía en un yacimiento donde te encontrabas un paquete vacío de ducados a 50 cm de la superficie original. La arcilla extraída se subía a la boca de la sima, donde Angel Salazar y yo mismo extraíamos los restos que podían ser distinguidos tras una exploración puramente manual, es decir que con los dedos tratábamos de separar cualquier resto significativo de la arcilla que lo acompañaba. Tengo entendido  que el Dr. Arsuaga ha comprobado que en nuestra búsqueda nos olvidamos de restos de cierto valor, pues buscando en la zona donde depositábamos lo que suponíamos arcilla sin valor Juan Luis Arsuaga ha encontrado piezas humanas relevantes. Aprovecho para pedir disculpas por mi negligencia, supongo que Ángel, mi compañero en la boca de la Sima de los Huesos, estará de acuerdo conmigo y que entonamos a coro un público y humilde "mea culpa" .

En esos momentos, no éramos conscientes de tal negligencia, y los días transcurrían intensamente. El equipo de la sima de los huesos  trabajaba en paralelo con el equipo que se centraba en el yacimiento de la Gran Dolina. Los de la Gran Dolina comían mejor que los de la sima, todo hay que decirlo, y hasta las recetas de Simone Ortega resultan más apetitosas que el menú que disfrutábamos quienes estábamos dentro de la cueva de Atapuerca. A pesar de todo, nunca olvidaré el sabor del puré de patatas Maggi que preparábamos cada día en la sala que da acceso a la Sima de los Huesos, sabor y sobre todo calor que reconforta el cuerpo al cabo de más de cuatro horas de trabajo con iluminación de carburo y a trece grados de temperatura.

Uno de esos plácidos días, cuando Rafa y Carolo suben a comer nuestro magnífico puré Maggi nos dicen:
-¿Sabéis lo que hemos encontrado?
 y Ángel y yo respondemos:
-¿Sabéis lo que hemos encontrado nosotros?.

Carolo se saca de su bolsillo media mandíbula, y yo saco del mío otra media mandíbula humana que Ángel había encontrado entre la arcilla objeto de nuestro trabajo. Ambas mitades casaban perfectamente. La cosa quedó, en principio, en pura anécdota puesto que nuestro objetivo era encontrar buenos restos fósiles de osos de las cavernas y en el equipo no había nadie capaz de valorar inmediatamente nuestro hallazgo. Al cabo de los años he comprobado que este tipo de descubrimientos tampoco son cosa de decir "eureka", sino que su trascendencia es fruto de largos periodos de investigación por parte de equipos altamente especializados y sobre todo ilusionados con su labor, como es el caso del equipo que formó D. Emiliano Aguirre, y que actualmente desempeña con relevancia internacional las tareas de investigación científica en Atapuerca.

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Como la mandíbula humana era cuando menos un hallazgo curioso, éste quedó expuesto sobre una taza de WC de las múltiples con que contaba nuestra base de los Tomillares, cerca de un magnífico cráneo de hiena y de otros hallazgos de los que nos sentíamos orgullosos. Teresiano Antón, maestro de espeleólogos,  ilustre e histórico miembro del GEE,  hizo unas fotos, creo que las primeras, tanto del cráneo de hiena como de la mandíbula y tuvo a bien regalarme una copia de las mismas que aún conservo.
El tema de la mandíbula, su aspecto, fue ampliamente debatido por Trino y sus colaboradores autorizados, ellos sabían en su fuero interno que habíamos encontrado algo especial. Incluso el Dr. Apellániz, vecino de excavación en el Portalón de Atapuerca, y que nos visitaba a menudo con su equipo, conjeturó, tras discutir con Trino algunos tecnicismos que se me escapaban, que  a primera vista nuestra mandíbula era algo importante.

Seguimos trabajando en la Sima de los Huesos y el último día de la excavación, Carolo me invitó a trabajar en la parte inferior de la sima  para recuperar una mandíbula de oso que había encontrado intacta. A base de gasas, pegamento imedio con acetona y siguiendo las indicaciones de Rafa fui capaz de recuperar intacta una maravillosa mandíbula de oso de las cavernas. Supongo que esta mandíbula no ha sido tan importante como la que significó el descubrimiento del Hombre de Atapuerca pero en mi memoria, al cabo de 25 años, continúo acordándome de mi mandíbula de oso tanto como de la mandíbula de Atapuerca.

El provechoso verano del 76 terminó y al cabo de 25 años continúa pareciéndome que esos tiempos fueron los mejores, pero es una idea fruto tan solo de los agradables recuerdos de mis días pasados en Atapuerca.

El resto de la historia es ya cosa sabida.


Juan Carlos G. Cuartango.
Mayo de 2001